Siempre se ha dicho que “Sintra se siente y difícilmente se describe”. Sólo al verlo con tus propios ojos te puedes dar cuenta de la colosal belleza que tienes delante de ti. Por mucho que hayas leído u oído acerca de esta zona, es ahora cuando te explicas por qué la UNESCO declaró en su día Patrimonio de la Humanidad al escenario compuesto por Sintra y sus alrededores. Sin embargo, antes de que llegase el reconocimiento, Lord Byron, ya en el siglo XIX, definió a Simtra como una creación divina, como un glorioso edén. Las palabras del poeta inglés resonaron en toda Europa, aunque sólo hay que tener un poco de sentimiento para captar la belleza, la magia y el misterio que envuelven la Sierra de Simtra, densamente poblada por bosques y que, según dice la leyenda, fue morada de los viejos druidas.
Si os apetece visitar el increíble Palacio Da Pena, os conviene madrugar: por el calor, por las colas y porque hay un nº máximo de visitantes permitidos y eso de que los últimos serán los primeros… Se cuenta que durante una cacería en lo alto de la Sierra, Manuel I vio entrar en el Tajo la armada de Vasco de Gama y, como acción de gracias, mandó construir un convento para los jerónimos junto a la capilla mariana que ya existía. Con la invasión de los franceses en el siglo XIX el convento fue demolido, aunque resultó providencial la llegada del príncipe consorte Fernando de Saxe Coburgo-Gotha. Él fue quien ordenó edificar sobre las ruinas un palacio romántico. Hoy sigue como entonces maravillando a todo aquel que lo visita. Es una construcción con influencias egipcias, árabes, orientales, góticas, renacentistas... y mágicas. Parece que estamos inmersos en el castillo de un cuento de hadas. En los interiores, todo es riqueza, desde los muebles y porcelanas a las esculturas y pinturas que lo decoran. Es, en definitiva, la expresión suntuosa de un sueño.
Y tocaba marcharse. Niebla sobre el mar, enfilamos a Cabo da Roca, el punto más occidental de Europa, hasta arriba de turistas y moteros. Y a comer, en Alcobaça. La verdad es que paramos por casualidad y al descartar Nazaret que supusimos imposible a la hora que era… Pues bien, Alcobaça es una localidad de poco más de 60 mil habitantes ubicada a 98 kilómetros al norte de Lisboa, en la confluencia de los ríos Alcoa y Baça. El atractivo más impresionante que alberga es el Monasterio de Santa María de Alcobaça que conserva los túmulos mortuorios del Rey Pedro y la Reina doña Inés, que se echaron a la espalda la máxima de amarse “hasta que la muerte los separe”.
La historia se remonta a los años 1340 cuando Portugal se encontraba envuelto en guerras y rencillas con el reino de Castilla y Aragón, y se acordó casar al primogénito portugués Pedro con la infanta Constancia de Aragón. La boda se realizó por poderes y sólo cuatro años después la flamante esposa llegó con su séquito a Portugal para consumar la unión. Cuando Pedro salió a recibirla, cayó rendido por la belleza, pero no de su esposa, sino de Inés, su dama de compañía. La joven de origen gallego pertenecía a una noble familia, y la llamaban “cuello de cisne”. Parece ser que todo aquel que la conocía la describía invariablemente como “un milagro de hermosura”.
Oh, el amor… Pedro e Inés se transformaron en amantes, se sucedieron intrigas palaciegas, se enteró la reina... pero Constancia murió al dar a luz a su segundo hijo. Pedro quiso legalizar entonces la unión con su amante que ya le había dado tres hijos y desobedeciendo a su padre que ya tenía otra candidata se casó en secreto con doña Inés. La feliz pareja se instaló en Coimbra, paseando su amor por los bellos jardines de la Quinta de las Lágrimas. Cuando el Rey Alfonso IV se enteró de la boda secreta, aprovechó un viaje de su hijo Pedro y mandó a ejecutar a Inés. Don Pedro amenazó vengarse por lo ocurrido y se alzó contra su padre. Dice la leyenda que durante las batallas se cubría el rostro con un paño negro para que nadie lo viera llorar por la bella Inés y a la muerte de su padre hizo detener y ejecutar a los verdugos de su amada y los torturó hasta la muerte. Exhumó el cadáver de su esposa, la vistió con las mejores galas y la coronó reina, obligando a la corte a hacer largas filas para besar la cadavérica mano de Inés. Consumada su venganza convocó a su asamblea gritando a los cuatro vientos que Inés era su esposa y la madre de sus hijos. Luego organizó para ella los funerales más fastuosos de que se tenga memoria en la corte portuguesa y dispuso su traslado desde Coimbra al Monasterio de Alcobaça. Como último tributo a su adorada mandó a construir dos tumbas que quedaran enfrentadas, de modo que al despertar en la eternidad y levantarse lo primero que verían sería el rostro del ser amado.
El Monasterio fue donado a la orden cisterciense en 1153, y actualmente está incluido en la lista de Patrimonio Mundial de la Unesco, que lo consideró el mayor templo de Portugal.
La vuelta se hizo un poco larga. Nos faltaba el fuelle del comienzo o se acumulaba el cansancio de los días… Del área de servicio donde cenamos unos bocatas, no tengo fotos…